Hay una dirección que lo resume todo: Calle Raisa Okipna 3, Kiev, verano de 1996. No era un sótano clandestino. No era una operación escondida en los márgenes de la ciudad. Era un edificio de tres pisos, visible, ostentoso, con una lista de espera de hasta un mes para poder entrar. Se llamaba «Chicago». Y su existencia a plena luz del día no era un descuido. Era una declaración de poder.
El verano del 96 en Kiev. Las tiendas ya estaban llenas de productos capitalistas — la Pepsi, la Fanta, los Marlboro, los trajes Adidas completos que los gánsteres lucían como uniforme de clase. El karbovanets se derrumbaba. La hryvnia todavía no existía. Y en ese vacío monetario, en ese año cero entre dos monedas y dos mundos, el dólar no era solo una divisa. Era la única medida real del valor de las cosas. Y de las personas.
I — El origenBoris Savlokhov: el luchador que cobró la ciudad
Para entender el club «Chicago» hay que retroceder al mercado «Patent», junto al Estadio Republicano de Kiev, a finales de los años 80. Ahí nació la banda de los hermanos Savlokhov — Boris, Teimuraz y Ruslan — exatletas de lucha libre que convirtieron su fuerza física en capital criminal en el preciso momento en que el Estado soviético empezaba a desmoronarse.
El modelo era simple y brutal: cobrar protección a todos los comerciantes del mercado. Pero la escala fue excepcional. En noviembre de 1992, la UBOP realizó en ese mercado la mayor detención simultánea de bandidos en la historia de Ucrania: 117 personas arrestadas en un solo operativo. Entre los detenidos estaban los Savlokhov, sus socios, y también — según los expedientes desclasificados de la UBOP "Scorpion" — Elbrus Tedeev, entonces luchador de élite del equipo nacional ucraniano.
Pero antes del oro, hubo un bronce. En Atlanta 1996, el mismo verano en que abría el club «Chicago», Tedeev subió al podio olímpico. Su entrenador y padrino en esos años era Boris Savlokhov. La medalla no solo era deportiva: era el certificado de impunidad que los criminales necesitaban para operar en las alturas. El deporte de alto rendimiento en la Ucrania de los 90 no solo forjaba medallas. Forjaba impunidad.
El mercado «Patent» fue también donde operaba Victor Avdyshev, sobrino del comerciante del Mercado Bessarabsky Garri Djibu Malik-zadé. Avdyshev y los Savlokhov compartían territorio, métodos y la misma lógica: el vacío del Estado es una oportunidad de negocio. Cuando arrestaron a Avdyshev el 16 de julio de 1995 junto a seis de sus lugartenientes, su compañera Oksana Moroz heredó su parte del negocio. Pero esa es la segunda cadena.
II — El clubRaisa Okipna 3: la impunidad tiene tres pisos
En el verano de 1996, en este edificio de tres pisos de la calle Raisa Okipna, abrió sus puertas el club «Chicago». No en un sótano. No escondido. Con lista de espera de hasta un mes para poder entrar.
El nombre no era un homenaje a los gánsteres de los años 20. Era un guiño consciente a la Escuela de Chicago — la misma que había diseñado el shock neoliberal en Chile con Pinochet, y que ahora llegaba a la ex URSS con Yeltsin. El nombre del club era una declaración de principios: aquí manda el mercado, y el mercado no tiene moral.
Adentro sonaba Voyage, voyage de Desireless. La canción del viaje prometido. Y las mujeres que trabajaban ahí también habían viajado — pero no desde el extranjero. Eran ucranianas de provincia, pobres, que soñaban con llegar a Kiev. La capital que relucía en la televisión mientras sus ciudades se vaciaban de futuro. Llegaron con una promesa. Encontraron otra cosa.
El éxito fue tan rotundo que pronto abrieron un segundo establecimiento. Lo llamaron «Al Capone». Ya ni siquiera guardaban las formas: se auto-identificaban con el gángster más famoso de la historia americana. El capitalismo de bandidos no se avergonzaba de sus referentes.
III — La expansiónDe las provincias a Detroit: la agencia de modelaje como trampa
El negocio local funcionaba tan bien que la siguiente lógica fue inevitable: internacionalizar. Y para eso necesitaban una fachada más sofisticada. La solución fue elegante en su cinismo: las agencias de modelaje.
Las mismas chicas ucranianas de provincia que soñaban con Kiev ahora podían soñar con más lejos. Una agencia de modelaje les ofrecía trabajo en el extranjero — fotos, contratos, oportunidades. Lo que encontraban al llegar era Veniamin Gonikman y su empresa Beauty Search Inc. en Detroit.
Gonikman había comenzado su carrera criminal en 1985, condenado en la URSS por corrupción de menores. Liberado en 1987, emigró a EEUU y obtuvo la ciudadanía. Desde mediados de los 90s comenzó a tender el puente entre el circuito de Kiev y Detroit. No inventó nada — heredó y exportó el modelo. Lo que Boris Savlokhov había construido en el mercado «Patent», Gonikman lo empaquetó, le puso un nombre en inglés, y lo operó desde Michigan.
IV — El escaparateOksana Moroz y Sanahunt: el dinero sucio con etiqueta de marca
Mientras Gonikman exportaba el modelo hacia Detroit, en Kiev el dinero encontraba otro destino: el escaparate del lujo. La figura que conecta ambos mundos es Oksana Moroz, conocida en los círculos del poder ucraniano como «la Mantis».
Pero la herencia no empezó ahí. Su marido murió en Alemania, y el pequeño bazar que administraba se transformó en la semilla del imperio. De ese vacío —y de esa muerte en tierra extranjera— nació la oportunidad que Oksana supo tejer hasta convertirla en boutique.
Oksana Sergeyevna Moroz, nacida en 1961, fue compañera de Garri Djibu Malik-zadé Tio del famoso, Victor Avdyshev — jefe criminal que operaba el mercado «Patent». Cuando arrestaron a Avdyshev en julio de 1995, Oksana no huyó. Maniobró.
En 1997 registró la empresa «Art-Plus» y abrió un boutique en el Callejón del Museo de Kiev. Lo llamó «shVogue» — robando directamente la marca de la revista francesa Vogue. Luego lo rebautizó como Sanahunt: cuatro pisos, 7,000 metros cuadrados, Versace, Dolce & Gabbana, Dior. La tienda de lujo más grande de Ucrania. Punto de entrada de esas marcas al mercado ucraniano.
El modelo era tan simple como audaz: viajar a los outlets americanos, comprar ropa de diseñador a precio de descuento, y traerla a Kiev de contrabando — sin pagar impuestos, sin declarar en aduana. ¿Quién le te puede decir algo cuando eres comadre de los hijos del presidente? La impunidad no era un riesgo calculado. Era la condición de operación.
Pero Sanahunt no era solo una tienda. Era la prueba de que el capital criminal se recicla en capital legítimo cuando tiene las conexiones correctas. Oksana Moroz se convirtió en comadre de Elena Kuchma, hija del presidente Leonid Kuchma, y del presidente Viktor Yushchenko. El expediente penal por contrabando y falsificación de marca permanece abierto desde 2002 sin ninguna perspectiva de llegar a juicio. Nadie en la fiscalía quería tener problemas con la comadre de la hija del presidente.
Las dos cadenas
Ribka, Klichko y la alianza de Viena
Detrás de los Savlokhov, de los policías corruptos y de los notarios cómplices, había otra capa: la de los héroes nacionales. La de los nombres que el pueblo aplaudía en los rings y en las pantallas de televisión.
Vitali Klichko y su hermano Wladimir son, quizás, los ejemplos más paradigmáticos. Campeones mundiales de boxeo, héroes deportivos, y hoy, el primero de ellos, alcalde de Kiev. Pero, según las fuentes documentales que hemos manejado (incluyendo expedientes policiales desclasificados e investigaciones de fuentes abiertas), el oro olímpico y los cinturones no fueron su única cosecha. Los Klichko fueron patrocinados en sus inicios por Viktor Ribka, un criminal de la vieja escuela, uno de los tantos que operaban en la órbita de los Savlokhov. Fue Ribka quien financió su carrera profesional y, a cambio, los integró en una red de contactos que mezclaba el deporte, el crimen y los negocios.
El contacto directo entre los Klichko y el mundo criminal fue, presuntamente, Artur Palatny, un socio de Ribka que luego se convertiría en diputado del partido UDAR (el partido de Klichko). Palatny es señalado en múltiples fuentes como el operador directo de los clubes nocturnos (Rio, Mandarin, Dejavú) que heredaron el modelo de negocio del «Chicago» original: prostitución de élite, protección policial pagada (se mencionan sobornos de 50,000 USD mensuales a un general del MVD), y lavado de dinero a través de negocios de fachada.
El propio Vitali Klichko, según esas mismas fuentes, habría tenido una participación del 33% en uno de esos clubes (Dejavú), aunque su nombre nunca aparecía en los papeles: primero usó a su tío Alexander Bulino como testaferro, luego a otros intermediarios. El método es el mismo que utilizaron los Savlokhov una década antes: la violencia y la corrupción se visten de traje, pero siempre están ahí.
La conexión política más explícita la proporciona otro oligarca: Dmytro Firtash, el hombre del gas. Vinculado por el FBI a la mafia rusa de Semion Mogilevich, Firtash fue detenido en Austria en 2014 por cargos de soborno y crimen organizado. Sin embargo, recién salido de la cárcel (bajo una fianza de 170 millones de dólares, pagada por otro oligarca ruso), se reunió en Viena con Vitali Klichko y Petró Poroshenko para sellar una alianza electoral (VICE News, 2014). El boxeador que prometía «limpiar» la política ucraniana aceptaba el apoyo financiero y mediático de un hombre acusado por Estados Unidos de ser el testaferro de la mafia. La coartada de la «nueva política» se resquebrajaba antes de nacer.
Treinta años después, el entramado sigue en pie. Vitali Klichko es, desde 2014 (con un breve paréntesis durante la guerra), el alcalde de Kiev. Artur Palatny fue diputado. Dmytro Firtash sigue librando su batalla legal desde Austria. El dinero criminal se ha reciclado en negocios legales, y la violencia se ha vuelto más sutil, pero la estructura permanece.
El crimen y la política, la violencia y el lujo, el ring y el escaño, son las dos caras de una misma moneda que sigue circulando. "El diagrama anterior muestra cómo estas cadenas convergen hacia el poder político actual".:
Voyage, Voyage
Voyage, voyage sonaba en los altavoces del club de la calle Raisa Okipna mientras las chicas de provincia soñaban con Kiev, y luego con más lejos. La canción habla de cruzar fronteras, de un amor que espera al otro lado del mundo. Es una canción sobre la promesa del movimiento.
El capitalismo postsoviético también hizo promesas. El mercado libre. La democracia. La prosperidad después del dolor. Para algunos, las promesas se cumplieron. Para Oksana Moroz, que pasó de compañera de bandidos a comadre presidencial. Para Elbrus Tedeev, que pasó de los expedientes de la UBOP al podio olímpico y al escaño del parlamento.
Para las chicas de provincia, las promesas no se cumplieron. Su viaje terminó en Detroit, con los documentos confiscados y una deuda ficticia que nunca terminaría de pagarse.
El capitalismo de bandidos no fue una anomalía postsoviética. Fue el laboratorio. Lo que Boris Savlokhov construyó en el mercado «Patent», Pinochet lo había ensayado antes en Santiago. Lo que Gonikman exportó a Detroit, Don Francisco lo había exportado antes a Miami. El sistema es el mismo. Solo cambian las canciones que suenan de fondo."El mismo sistema que operaba en el sótano de la calle Raisa Okipna era el que Don Francisco blanqueaba en la televisión hispana. Solo cambiaban el escenario y la clase de explotación."
Este análisis es parte de la serie Las Frecuencias del Colapso del Colectivo Desalienación.
Continuación de AL#10.5 — "El espectáculo no tiene acento."
*"Todo el material factual aquí citado está documentado, desclasificado y de registro público. Los informes de la BBC sobre los nuevos oligarcas (2024-2025) y las investigaciones del medio independiente ruso Proekt sobre el clan Putin (2021-2023) han sido consultados y verificados de forma cruzada.*
La rabia, esa sí, es completamente nuestra".