Hay una foto que resume todo lo que este ensayo intenta decir. Es 1978. Chile vive bajo toque de queda. La DINA opera centros de tortura en Villa Grimaldi y Londres 38. Los helicópteros de Pinochet arrojan cuerpos al océano Pacífico. Y en algún edificio iluminado de Santiago, el dictador Augusto Pinochet le estrecha la mano a un animador de televisión llamado Mario Kreutzberger y le dice, con genuina admiración: "Es un genio."
El genio en cuestión acababa de realizar la primera Teletón chilena. El dictador había dado su visto bueno. La prensa aplaudió. El pueblo lloró de emoción. Afuera, a pocas cuadras del estudio, la DINA seguía trabajando.
Eso es el espectáculo: no la distracción accidental, sino la infraestructura deliberada de la dominación. Y esta historia no empieza ni termina en Chile. Empieza en Chicago. Pasa por la CIA, por los despachos de Nixon y Kissinger, por los estudios de Televisa en México, por Miami, por los laboratorios del terror de Pinochet, por los salones del reaganismo financiero de Wall Street, y llega hasta los televisores de Los Ángeles, Chicago y Miami, donde millones de familias latinas se reunían cada sábado a ver a Don Francisco.
Este es el AL#10.5, continuación directa del #10. Aquí la rabia tiene coordenadas precisas.
Chile: el primer ensayo clínico del neoliberalismo
Para entender la televisión en español en Estados Unidos hay que entender primero lo que pasó en Chile entre 1973 y 1990. No como metáfora, sino como mecanismo causal directo. Chile fue el laboratorio donde se probó por primera vez, en condiciones de terror, el modelo que luego se exportaría al resto del continente, y eventualmente al mundo.
Los llamados Chicago Boys —economistas chilenos formados bajo la tutela de Milton Friedman en la Universidad de Chicago— no llegaron al poder por accidente ni por mérito intelectual. Llegaron porque buscaron activamente al ejército antes del golpe. Según la codirectora del documental Chicago Boys, Carola Fuentes, estos economistas prepararon un programa económico llamado "El Ladrillo" que primero ofrecieron al candidato derechista Alessandri en 1970, quien lo rechazó por demasiado radical. Tres años después, se lo entregaron a los militares.
Y la CIA los acompañó en cada paso. No como conspiración de película, sino como política de Estado documentada y desclasificada. El Comité 40 del gobierno de Nixon financió con más de un millón y medio de dólares al diario El Mercurio —el principal periódico del país— para que produjera propaganda sistemática contra el gobierno de Salvador Allende. Dos directivos de El Mercurio eran agentes activos de la CIA. El dueño del periódico, Agustín Edwards, viajó a Washington apenas fue electo Allende, se reunió con el director de la CIA Richard Helms y con Kissinger, y argumentó con fervor para que la agencia frenara al nuevo presidente chileno.
La conexión no es especulativa: es confesa. La operación mediática precedió al golpe, lo acompañó y lo legitimó. Los medios de comunicación no informaron sobre el golpe. Fueron parte orgánica del golpe.
El 11 de septiembre de 1973, los bombarderos de la Fuerza Aérea chilena —con instrucción y soporte técnico estadounidense— destruyeron La Moneda. Allende murió. Y sobre las ruinas del proyecto socialista más democrático de América Latina, los Chicago Boys instalaron su laboratorio.
Privatizaciones masivas. Shock económico. Desmantelamiento del Estado de bienestar. Apertura total al capital extranjero. Y como condición estructural para que todo funcionara: el silencio de los medios. La censura, la autocensura, y algo más sutil y más duradero: el entretenimiento como sustituto de la política.
II — El animadorDon Francisco: el tirano del espectáculo bajo toque de queda
Mario Kreutzberger —Don Francisco— no fue un colaboracionista torpe ni un ingenuo útil. Fue un operador político sofisticado que entendió antes que nadie la lógica del espectáculo bajo dictadura: quien controla la diversión controla la normalidad. Y quien controla la normalidad, controla la legitimación del poder.
Sábado Gigante empezó en 1962, pero su golden age llegó después del golpe. Durante el pinochetismo, el programa alcanzó ratings del 80% de la población los sábados por la noche. Ochenta por ciento de un país bajo toque de queda, reunido frente al televisor a ver concursos de planchas y refrigeradores mientras afuera los helicópteros de la DINA hacían su trabajo.
Su estrategia fue la despolitización calculada como posicionamiento político. Evitaba ser fotografiado con Pinochet. Para el plebiscito del Sí y el No —ese momento en que Chile entero tuvo que elegir bando— mantuvo lo que los analistas llaman una "santurrona indefinición personal". No era neutralidad. Era la forma más sofisticada de apoyo: proteger al régimen negándole al pueblo el ejemplo de una figura masiva que se opusiera.
Mientras tanto, la Teletón —la gran cruzada social que Don Francisco convirtió en institución nacional— funcionaba como el contrato ideológico perfecto del neoliberalismo: el Estado no cuida a los vulnerables, pero tú puedes donar comprando en el supermercado. La solidaridad privatizada. La caridad como sustituto de los derechos. Y Pinochet aplaudiendo desde las primeras filas.
Según la periodista Laura Landaeta en su biografía no autorizada, Don Francisco mantuvo relaciones de mutuo beneficio con Manuel Contreras, el jefe de la DINA. No es casualidad: era la lógica del sistema. El espectáculo y el terror eran las dos caras de la misma moneda pinochetista.
III — La reinaCecilia Bolocco: la belleza como operación de Estado
El 27 de mayo de 1987, mientras las protestas estudiantiles sacudían Santiago y el plebiscito que terminaría con Pinochet se aproximaba en el horizonte, una joven chilena de 21 años ganó el título de Miss Universo en Singapur. Chile entero salió a celebrar con banderas. La prensa abandonó sus portadas de oposición para cubrir el acontecimiento.
No fue una coincidencia feliz. Fue una operación de imagen de Estado. Como documenta la crónica publicada en Infobae, un triunfo de Miss Universo —combinado con un resultado futbolístico y la visita del Papa Juan Pablo II— era la estrategia de marketing perfecta para un gobierno cuestionado internacionalmente que vivía sus primeras manifestaciones efervescentes de oposición. Pan y circo en estado puro. Debord en versión austral.
La declaración de Bolocco no fue un desliz. Fue la articulación perfecta de la ideología de la clase que representaba: la de quienes se beneficiaron de la dictadura y luego navegaron la transición sin jamás rendir cuentas. La reina premiada por el dictador le dijo a la estudiante baleada que se lo buscó. Pinochet no pudo haberlo escrito mejor.
El arco de Bolocco es también el mapa del circuito completo: de Pinochet a Telemundo, de Telemundo a Televisa, de Televisa a Carlos Menem —expresidente argentino investigado por lavado de dinero—, todo conectado por la lógica de un poder que usa la belleza, la pantalla y el espectáculo como instrumentos de legitimación.
IV — La infraestructuraSIN / Univision: el presta nombre del imperialismo cultural
Mientras Augusto Pinochet construía su laboratorio neoliberal en el Cono Sur, en el norte se tendía la infraestructura mediática que daría continuidad cultural al mismo proyecto. La Spanish International Network —SIN, que luego se convertiría en Univision— fue fundada con una arquitectura legal diseñada para engañar.
La ley estadounidense prohíbe que extranjeros posean estaciones de radiodifusión. La familia Azcárraga, dueña del monopolio televisivo mexicano Televisa, lo sabía. Solución: el presta nombre. Las estaciones quedaban formalmente en manos de ciudadanos estadounidenses con vínculos familiares y profesionales con los Azcárraga, quienes retenían el control real del contenido y las ganancias.
Durante décadas, el 90% de los hogares hispanos en EEUU recibían su programación en español desde México, filtrada por los intereses de una familia que era, simultáneamente, el brazo mediático del PRI —el partido que gobernó México como "dictadura perfecta" por 71 años. No era coincidencia ideológica. Era alineación estructural de intereses entre el capital mexicano, el capital gringo y los aparatos políticos que ambos sostenían.
El primer Azcárraga había tomado una decisión fundacional en los años 40: convocó a los empresarios latinoamericanos de medios y los convenció de adoptar el modelo comercial estadounidense —publicidad, consumo, entretenimiento— en lugar del modelo público europeo. Esa decisión no fue técnica. Fue política. La televisión latinoamericana nació orientada al servicio del mercado, no del pueblo.
Y cuando la FCC finalmente ordenó la venta de SIN en 1986 por violar las normas de propiedad extranjera, ¿quién compró la red? Hallmark Cards, la empresa de tarjetas de felicitación de Kansas City. El capital financiero más anodino del Middle America asumió el control de la televisión hispana. La "latinidad" de Univision siempre fue una ficción administrada por otros.
V — La falsa alternativaTelemundo: competencia reaganista, mismo sistema
En 1987 —el mismo año en que Bolocco ganaba Miss Universo bajo el dictador Augusto Pinochet y Sábado Gigante alcanzaba siete horas ininterrumpidas de rating— nació Telemundo. La narrativa oficial la presentó como la alternativa a Univision: más estadounidense, más diversa, más independiente del monopolio mexicano de Televisa.
La realidad tenía otro nombre: Saul Steinberg. El hombre que construyó Telemundo fue uno de los grandes raiders corporativos de la era Reagan. En los años 80, mientras Pinochet aplicaba el shock neoliberal a una "tierra cautiva" —en palabras de Naomi Klein— Steinberg aplicaba el mismo manual en Wall Street: comprar empresas con deuda, desmantelarlas, vender las piezas. Reliance Capital Group, su holding, era el vehículo perfecto para el espíritu de la época.
Telemundo no fue concebida como un proyecto cultural. Fue una apuesta de capital financiero en un segmento de mercado en crecimiento: los hispanos de EEUU. La "competencia" era una ilusión de mercado, no una alternativa política. Los dos polos del duopolio televisivo hispano compartían la misma premisa: el latino no es un sujeto político, es un consumidor.
El destino final de Telemundo lo confirma. Tras la quiebra en 1993, pasó por manos de Apollo Advisors (capital privado), luego Sony y Liberty Media, y finalmente fue comprada en 2001 por NBC Universal, cuya matriz era General Electric. GE: el conglomerado que fabrica motores de aviones de guerra, turbinas para sistemas de armas, tecnología militar. El mismo que financió décadas de propaganda anticomunista en la televisión americana.
GE compró la segunda red de televisión en español de Estados Unidos por 2,700 millones de dólares. Hoy es Comcast.
VI — El diagramaLa cadena completa
No hay conspiraciones aquí. Solo intereses alineados, documentados y públicos:
El espectáculo no tiene acento
Hay algo revelador en el nombre que los Azcárraga le dieron a su red: Spanish International Network. No Red Latinoamericana, no Televisión de los Pueblos. Internacional. Porque lo que se estaba construyendo no era una identidad compartida entre pueblos con historias concretas de lucha, resistencia y colonialismo. Se estaba construyendo un mercado.
La "pan-latinidad" que Univision y Telemundo manufacturaron en los 80 y 90 tomó a mexicanos, puertorriqueños, salvadoreños, chilenos, colombianos —con historias radicalmente distintas, con luchas radicalmente distintas, con relaciones radicalmente distintas con el imperialismo— y los fundió en un solo sujeto homogéneo: el Hispanic consumer. El Census Bureau hizo su parte al llamarlos a todos "Hispanics". Las redes de televisión hicieron el resto.
Esta no es una crítica a la cultura popular en sí misma. Es una crítica a quién la produce, quién la financia, quién decide qué historias se cuentan y cuáles se silencian. Mientras Sábado Gigante entretenía a los sábados bajo toque de queda, las Madres de la Plaza de Mayo marchaban en Buenos Aires. Mientras Bolocco recibía su corona, María Paz Santibáñez era baleada por un carabinero en Santiago. Mientras Don Francisco llegaba a Miami, los exiliados políticos del Cono Sur no tenían pantalla.
El espectáculo no tiene acento porque no pertenece a ningún pueblo. El espectáculo pertenece al capital. Y el capital, como demostró Chile en 1973, siempre está dispuesto a financiar el terror necesario para seguir siendo capital.
Debord lo escribió seis años antes del golpe en Chile. Pero los que diseñaron ese golpe —los Edwards, los Kissinger, los Friedman— ya lo sabían. Por eso antes de los tanques, financiaron el periódico. Por eso después de los tanques, dejaron que Don Francisco siguiera al aire.
El primer acto de toda dictadura no es silenciar la prensa. Es asegurarse de que la prensa correcta sobreviva.
Este ensayo es parte de la serie Análisis Lúcido del Colectivo Desalienación.
Continuación directa de AL#10 — "La Frecuencia del Colapso."
"Esa misma lógica opera hoy en cada feed, en cada notificación, en cada trend. No hemos cambiado de canal. El espectáculo solo encontró pantallas más pequeñas."
Todo el material factual aquí citado está documentado y desclasificado.
La rabia, esa sí, es completamente nuestra.